Carta a un amigo

Escrito el 24 de julio del 2004

Ayyy amigo mío, creo que nos parecemos mucho, pues al escribir encontramos un desfogue para nuestros sentimientos más profundos. Es como que la tinta (o en este caso la pantalla) está impregnada con nuestras neuronas, con nuestro pneuma (espíritu), con nuestra esencia como seres individuales.

Justamente, en estos últimos días, y de ayer a hoy en particular, me puse a reflexionar acerca de mi existencia, propósito y felicidad en esta tierra, bajo el sol y entre mares y montañas.

Uno de los grandes cantautores (y más que eso, él es poeta) ha hecho que me sumerja en lo más profundo de mi interior, para tratar de rescatar de estas tempestades que hay muy dentro de mi ser, al hombre que un día comenzó a querer ser el potencial que los demás veían en él. Tal potencial se hundió tanto en este mar de emociones, confusiones, malas experiencias y búsqueda de conocimiento en base a la razón humana, que parecía que se perdió en la profundidad y pasó a ser parte de los elementos propios del mar, calcificado tal vez, sin vida. Pero me di cuenta que ese hombre solamente estaba aletargado en su ego, en querer vivir la vida como le placía, en lo que creía era felicidad. En tal estado de somnolencia se encontraba; pero ahora, como ondas, le vienen señales percibibles, no para sus oídos, sino para su interior, para su espíritu. Tales avisos, lo están despertando, lo están llamando a vivir lo que realmente es. Y poco a poco, en estos intentos de rescatar a ese hombre, voy acercando junto con él al espejo verdadero, en el cual puedo ver quién realmente soy. Tal espejo, rompe la máscara de un personaje que no era yo, que traté de ser, pero que no pude. Y veo el reflejo del hombre nuevo que una vez fui, que no se ha perdido, que solo estaba dormido, y que quiere despertar para seguir adelante, retomar su rumbo, su propósito, su visión y así emerger a la superficie para toparse con una realidad en la cual puede poner un granito de arena; tal vez la arena que estuvo con él en el fondo del mar, esa arena que puede usarse de granito en granito, que puede ser acomodada de tal forma que pueda construir castillos firmes. Aunque para tales castillos, hay que buscar otros materiales, más sólidos, más estables, más duraderos y perdurables. La arena por sí sola no valdría para tal propósito, pero con elementos adicionales, y de mayor firmeza que la arena, los castillos no se derrumbarán…

¿Castillos? Sí, es eso lo que muchos queremos construir en nuestras vidas, estructuras que son nuestro más grande proyecto y tesoro. Los materiales son diversos: sueños, metas, anhelos, sentimientos, emociones. Todo es válido cuando hablamos de construir solamente los muros, las paredes. Pero para los cimientos, se necesita mucho más. Las bases deben ser construidas con amor, pero con un amor maduro, un amor que está compuesto de voluntad, de tenacidad, de ternura. Y como dice el Libro de libros… ¿Dónde más encontramos amor, sino en Aquel que es Amor? Es como un chiste que contaba el poeta que mencionaba, Facundo Cabral: Una persona le dice a la otra: “No creo en Dios” -¿Cómo que no crees en Dios? ¡Qué horror!!! ¡Mira que le arruinas la eternidad al Creador!!! (en forma irónica)… No seas pendejo, que lo importante, primeramente, no es que vos creas en Él, sino que Él todavía cree en vos, ¡por eso estás vivo!!! Y es así, Dios cree en mí, digo yo, y así cree en muchos más. Y me pregunto, ¿si él cree en mí, qué hago yo quejándome de mis problemas y circunstancias? ¿Acaso no hay algo mejor para mí? Y sí, lo creo. Hay algo mejor, pero depende de mí, de si quiero acudir y pedir ser levantado y usado… SER INTRUMENTO DE SU PAZ, primero en mi vida, para poder irradiarla a los demás.

“Que lo que tiene el árbol de florido vive de lo que tiene sepultado”… Frase muy real, profunda y verdadera. Y a veces hay un velo tan inmenso, que no aprendemos de lo cotidiano, de lo que nos rodea. Tal sabiduría viene de arriba.

Y bueno, ¿quién no ha querido sepultar muchas cosas? Si supiésemos cavar hondo y enterrar las cosas del pasado y aquello que como un conjunto de espinas nos hace daño, entonces encontraríamos el camino a la felicidad. E insisto, una felicidad tal como un diamante, pues el diamante es hermoso, es puro, es perdurable, es transparente y no tiene una sola arista para contemplarlo.

Yo, por mi parte, en un hondo hueco, quiero poner los sentimientos, anhelos y sueños, que construí con alguien. Incluso, las frustraciones, un corazón roto, las decepciones, y el dolor por mi propia inmadurez. Así, puedo echarles encima la tierra necesaria para dejarlos en lo profundo del olvido, y en esta nueva tierra comenzar a sembrar semillas de esperanza, de confianza, de paz, de perdón y de amistad sincera. Y todo esto regado con amor, el amor maduro que ya describí.

José Luis García

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